Estás durmiendo sobre un volcán de hormigas. Sientes sus millones de patitas correteando sobre tu piel y te llena de aflicción no saber cuando van a picarte. Pero cuando te aguijonean te vuelves un perro rabioso, un toro enfurecido y te las espantas como moscas, pero tus manos son inútiles ante lo que revolotea en tu cerebro. Te excita pensar que algo está naciendo adentro de ti, que las hormigas están construyendo un hormiguero, que la reina está poniendo huevos. Tu eres el caldero de una bruja, una probeta de científicos locos, un vientre materno. Orgía de pirañas, nube de jejenes, la creación es una angustia y un tormento. Dar a luz es sufrimiento. Quieres descansar, pero tus palabras te traen más incógnitas que sueño, tus ojos están pesados pero el ruido de tu mente mantiene la fiesta y lo único que te queda es a esperar a que la gallina de tu mente ponga un huevo.
El arte real siempre debe suponer cierta brujería. No puedes crear si no amas con locura, si no añoras a los muertos, si tu pena no es tormenta de nubes negras y si tu ira no tiene rabia de perros. Hasta los dioses necesitan tener lengua, porque quien explica el verbo sin la palabra. A los muertos se les levanta con hechizos de libros viejos y al amor con cartas de amor que hablan de la Luna. Como hablar de arte, si no hablamos de brujas y hechiceras.
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