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Mamá

-Compró una antigua mesa de luz y encontró escondido un inquietante escrito, escrito por su madre.

- “¡Dios!”

-No lo podía creer. Estaba asombrada y extrañamente orgullosa por haber encontrado una carta de su mamá en un lugar tan improbable. Revisó la firma para asegurarse de que no estaba equivocada. Pero estaba en lo cierto. Era el tipo de letra, el nombre y la firma de se madre. Buscó la fecha: 30 de octubre de 1990. Ocho meses antes de que ella naciera y tres meses antes de que se casara con su padre. Comenzó a leerla:

-Treinta de octubre de mil novecientos noventa. Mi amado Facundo,

- “Y, ¿quién es este Facundo?” -pensó.

-Cada noche se apaga una estrella desde que ya no estás a mi lado. Las calles se han convertido en un patíbulo, en un purgatorio en el que revivo mis errores. Perdoname. No se vivir sin vos. La alegría se me escapa como si me hubieran apuñalado el corazón, pero más profundo. Cada vez que paso por algún lugar en el que estuvimos juntos, me doy cuenta de que la magia de estar con vos lo convertía en un mundo de fantasía. ¿En dónde estás? Daría lo que fuera por tenerte a mi lado, pero ya no es posible. Yo soy un cometa y vos sos un planeta. Tal vez algún día se crucen de nuevo nuestras órbitas y, entonces, la luz del sol nos ilumine de nuevo. Te escribo para decirte que me regalaste nueve lunas y un lucero. Tu esperanza se alojó aquí en mi cuerpo y la cuido como a un tesoro. Si es mujer se llamará Camila y si es varón quiero que tenga tu nombre. Te amaré por siempre…

-Yo me llamo Camila -dijo en voz alta, tratando de reafirmarse que ella era quien sentía que era.

-Estaba muy confundida. Volvió a leer la carta para ver si no se había equivocado. No. Estaba en lo correcto. Era la letra, firma y nombre de su mamá.

- “Pero mi papá se llama Enrique” -pensó como una afirmación y como una pregunta-.

- ¿Señorita? ¡¿Señorita?! ¿Se siente bien? ¿Necesita ayuda?

- Sí…sí, gracias -dijo sin estar segura de qué preguntar- ¿De quién era esta mesa?

-Y, era mía, hasta que usted la compró. La tuve por más de veinte años, pero necesito mudarme a un lugar nuevo, más chico, afuera de la ciudad y por eso estoy vendiendo estas cosas.


- Camila vio a su alrededor. Había un teléfono color rosa pálido de aquellos que funcionaban dándole vuelta a un disco, también vio unos pocos floreros de vidrio de color verde, el color favorito de su madre, y algunos libros, discos y adornos a los que dejó de prestarles mucha atención. Luego subió su mirada y la posó en la cara del vendedor. Quería ver, en su asombro, si se encontraba en los párpados caídos del hombre que la observaba con extrañeza y preocupación. Quería encontrarse en el azul de sus ojos, en las arrugas que le surcaban la frente, quería saber si su nombre, Camila, estaba escrito en las canas de sus sienes. Pero no encontraba nada, solo confusión.

- Me llamo Camila -dijo por fin- y esta carta es de mi mamá. Ella la escribió. Y vos, ¿quién sos? -y luego pensó que tal vez la forma en que preguntó había sido muy brusca.

- El se quedó de una pieza. Inmóvil. Camila sintió que había dejado de verla, sus pupilas se hicieron grandes, como dos grandes pozos negros y parecía que algo estaba atorado en lo profundo de su pecho. Entonces abrió la boca, un sonido comenzó a salir de su garganta y le dijo: …lo siento, esa carta es mía, no venía con la mesa, debo haberla olvidado. Tu madre la dejó allí, justo antes de dejarme.

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