María Teresa estaba inconsciente y tendida entre un charco de sangre cuando la encontraron. No sabemos quien se dio cuenta de que la habían apuñalado. Tal vez fueron sus hijos o pudo haber sido alguien más. Mientras tanto, don Julio Abuyarad (Abullarade o Abugarade como registraron su apellido en Guatemala), su esposo, no aparecía por ninguna parte.
Don Julio Abuyarad tuvo que haber llegado a Guatemala en la década de 1910. Fue en ese periodo que el primer enjambre de langostas emigró al Nuevo Mundo: palestinos, sirios, jordanos, turcos y armenios, entre otras nacionalidades del Imperio Turco Otomano. Vinieron huyendo de los cañones y bayonetas del Viejo Continente y en búsqueda de nuevos oasis. De su familia nuclear, nuestro bisabuelo fue el único que vino al Nuevo Continente. Todavía era un niño. Pero viajó con primos y tíos del mismo apellido y con mujeres de apellido Hazbun, posiblemente familiares de su madre. Nuestros parientes chilenos dicen que sus apellidos eran Abuyarade Hazbun. Al llegar a las costas de Chile y luego de El Salvador se juntaron con otras familias de árabes -langostas del desierto- a los que se les fueron uniendo más desterrados en los siguientes años.
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| Julio Abullarade ¿Hazbún? |
Su pasaporte decía que era de Siria -antigua provincia de los otomanos-. Pero el clima de Guatemala es demasiado húmedo para el papel. Tal vez si el pasaporte hubiera sido de corteza de amate. Su hija M. nos contó que la familia tenía tierras en Jerusalén, su ciudad de origen. Y sus familiares chilenos también mencionaron algo al respecto. No lo sabemos a ciencia cierta. Pero si esas tierras existieron, deben de estar nuevamente ocupadas por los descendientes de Moisés y nadie en este lado del Atlántico tiene el deseo de ir a pelear por ellas.
El viaje debió durar varios meses, todos metidos en un barco. Ese era el único modo de viajar hacia las Américas. La aviación comercial transatlántica tardaría todavía una década más en desarrollarse e incluso cuando lo hizo, solo los más ricos podían pagar un viaje en Zepelín sobre el Atlántico. Debió requerir mucho valor dejar su tierra natal y moverse a un nuevo continente, lejos de todo lo que conocían. Eran cristianos y querían hacer dinero. Tal vez más que valor tuvieron fe, o fue la pura necesidad. Pero ante todo eran árabes huyendo de un mundo incierto. Sus desiertos nunca fueron una barrera en contra de los ejércitos invasores. Algunos prefirieron quedarse en Chile y no seguir navegando, y allí se convirtieron en comerciantes de telas y trajes de novias. Otros se arriesgaron hasta El Salvador, entre ellos mi bisabuelo, en donde también se volvieron comerciantes. No sabemos exactamente que vendían, pero deben haber tenido algún capital para poner sus negocios. Si vivieron mejor que en la Ciudad Santa es un misterio, pero fue un viaje sin retorno.
Los negocios familiares se extendieron hasta Guatemala. El presidente Manuel Estrada Cabrera, el “Señor Presidente” como le llamó Miguel Ángel Asturias, fue el mayor promotor de la economía del café en el país. Durante su gobierno se expropiaron más tierras indígenas que en todos los años anteriores con excepción de la época de La Conquista. Éstas, junto con mano de obra campesina forzada -indígena- fueron la base de una economía creciente, conectada a los mercados mundiales vía los puertos de Hamburgo, Ámsterdam, Nueva York y algunos otros del Nuevo y del Viejo Continente. Ello permitió un crecimiento de la clase media local que en 1920 depuso al “Señor Presidente”, después de veintidós años de gobierno. Y, al mismo tiempo abrió las puertas para que Julio, ávido de dinero, buscara nuevos mercados.
Así fue como Julio, alto, flaco, con mirada severa y con los ojos del color de las aceitunas conoció a María Teresa Muralles, nuestra bisabuela, en Guatemala. Muñeca de porcelana. Hasta callada era. Tenía la personalidad de una nube y los ojos claros como las aguas. ¿De donde sacamos entonces este mal carácter? Seguro que venía junto con las telas de los árabes.
Se conocieron por medio del cuñado de mi bisabuelo. Él era un políglota que trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Guatemala. Hablaba árabe y ayudó al bisabuelo a establecerse en Guatemala y a comenzar sus negocios en esta nueva tierra. Su hija M. decía que la tatarabuela no estuvo muy contenta con el matrimonio de María Teresa con Julio, pero el hecho estaba consumado. Parecía que el bisabuelo había encontrado la Cueva del Tesoro y un amor que eliminaba su orfandad. Estaba comenzando un nuevo negocio en un país nuevo, mantenía el apoyo de sus familiares en El Salvador, había comenzado una familia y encontró amigos árabes quienes le recibieron en sus casas.
Ante todo, el fue un hombre de familia y un árabe. No sabemos que pasó exactamente en esas primeras décadas de matrimonio. Seguro los problemas ya se avizoraban. Pero la alfombra mágica comenzó a deshilacharse. Tal vez porque nunca aprendió bien el español, sus mejores amigos siguieron siendo los árabes. Su hija M. siempre los recordaba con cierto enojo. Él jugaba a las cartas con ellos. Era lo poco del bisabuelo que M. repetía constantemente. Así, lo que comenzó como una distracción y como una necesidad de mantener un vínculo con su comunidad palestina, comenzó a convertirse en un vicio.
Una mañana les dijo a sus hijos -María Teresa, J., M. y a su hijo J.- que tenían que subir todas sus cosas en una carreta de bueyes e irse a vivir a otro lugar, a un lugar más barato. Langostas de nuevo. Lo había perdido todo jugando, su casa, su negocio. Como buen hombre de familia, se llevó a su esposa y a sus hijos. Y esta no fue la última vez. No sabemos cuantas veces pasó, pero ello hizo que la bisabuela no estuviera contenta. Hasta que un día, su malestar se tradujo en puñaladas. No recordamos cuantas exactamente, solo que fue un múltiplo de siete. Pudieron haber sido catorce o tal vez veintiuna. Pero fueran las que fueran, el diablo había llegado desde la Tierra Santa y se había instalado en la ciudad. ¿Qué diablo era? No lo sabemos. Seguro no era Ba’al Zebub, porque ese era el de las cosechas. Tal vez era Molok, porque ese sí pedía sacrificios de sangre.
Cuando alguien encontró a María Teresa tendida en un charco de sangre, decidió buscar a don Julio, pero nadie lo encontró. Vaya valiente. Se había huído a El Salvador, a buscar a su familia. Y a los treinta y tantos años, en la década de mil novecientos cuarenta, decidió quitarse la vida. Se ahorcó. Pudo haberlo hecho por culpa, aunque tal vez fuera por orgullo. Al fin de cuentas él era más árabe que cristiano. Nunca nos contaron que fuera a la iglesia.
Pero las familias no están compuestas de unidades discretas. La extinción de los cuerpos no significa la extinción de los hechos, de los sentimientos, de las costumbres. Tampoco los silencios son inconsecuentes. Nuestra bisabuela nunca habló de su vida con el bisabuelo y M. fue poco lo que dijo. Tal vez por dolor o por vergüenza. Pero lo que sí era evidente era que el diablo las había dejado empobrecidas, viudas, huérfanas, estigmatizadas. La bisabuela saltó de religión en religión, buscando la paz que sólo alcanzó con su muerte. ¿Santiago?, le dijo a uno de nosotros en su lecho de muerte. Nos quedaremos con la duda de a quién se refería. Su hija mayor, María Teresa también, nunca quiso casarse, solo tuvo a una hija hasta el día de su muerte. Sus otras dos hijas dedicaron su vida a hacer dinero. No querían volver a la pobreza. Mientras tanto, el espíritu de las langostas saltó de generación en generación, sin que nadie se diera cuenta, gracias a su silencio.
Si quieren conocer más acerca de los palestinos en Centroamérica, pueden ver este video: Why So Many Palestinians Live In El Salvador

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