Pila de ladrillos. Boca de fúsil. Cada noche era lo mismo: me despertaba entre un río de aguas turbias y a mi alrededor nadaba una gran culebra indefinida, con piel de color marrón y manchas negras en la espalda. Mi cuerpo se paralizaba de terror. Era incapaz de moverme y en mi rigidez solo pensaba en no hacer ningún ruido, en no mover el agua para que no me escuchara la serpiente. Víctima de Medusa, de pronto divisaba la figura de mi abba en un horizonte que se acercaba vertiginosamente. Movimientos telúricos, mis piernas comenzaban a temblar y no sabía si tratar de controlarme para que no me oyera la bestia o si correr para que no me alcanzara el abba.
Salat al-faj
Las mañanas eran un espejo de la noche. Doblar las rodillas, postrarse en el suelo y luego: tunda y deseo. Salía el sol, lámpara de Aladino. Entonces comenzaba a pedir mis deseos. Umi, quiero un nuevo jiyab, con un fondo azul y que cubra mis cabellos con flores de seda. Si Alá fuera un hombre, ¿entonces porqué sí ayuda a los huérfanos y perdona a los perversos? Luego se acercaba el abba a donde yo estaba y de un puntapié me levantaba de la alfombra. “¡Suficientes rezos! A Alá no le gustan las mujeres perezosas.” Yo me apuraba a prepararle el té, a limpiar su taza cuando terminaba y luego corría al taller a continuar con mi trabajo.
Salat al-zuhr
Alá no puede ser hombre, porque ellos no saben tejer alfombras. ¿Qué conoce un varón de tener la paciencia para peinar y tensar los hilos que forman la trama? Me sentaba en una sillita de madera y continuaba anudando las tiras de lana sobre la trama. Nudo tras nudo, línea tras línea, los colores iban dando forma a jardines y a bosques, a animales fantásticos, a universos geométricos y a flores de vivos colores. Mis manos no modificaban tus deseos Umi; ellas solo eran los medios para atar los nudos que le daban vida a este mundo. Así pasaba la mañana, entre nudos y cavilaciones. Sin darme cuenta, llegaba la segunda hora. De nuevo, rezo y tunda. “¡Niña estúpida, deja de estar soñando tanto!” Y el cuero reventaba su calor sobre mis brazos. Umi, quiero conocer el Paraíso.
Por suerte al abba le llevaban el almuerzo a la casa. Arroz con frijoles negros y carne de oveja. Para mí: Agua y arroz blanco. Cuando él se iba a dormir, mi corazón dejaba de palpitar. Umi, tu sabes que las mujeres no necesitamos corazón, porque nuestro amor existe antes que el tiempo. Entonces revisaba mi trama, apretaba mis nudos y nivelaba mis filas. En esta maya de lana no había espacio para la violencia, aquí todo era predecible y todo debía quedar perfecto. Si algo estaba errado, lo destejía y lo hacía de nuevo. Estas alfombras eran mi orgullo y mi sustento. El abba a veces era violento, pero si no hubiera sido por él estaría en la calle mendigando pan, en una taberna vendiendo mi cuerpo o junto con los muyahidines muertos.
Salat al-'asr
A la tercera hora rezo y deseo. A la tienda había llegado un americano y había gastado mucho dinero. El abba estaba contento y creo que se le olvidó que aún no me había dado mi cuero. Deseo un abba que me quiera. Y así pasé la tarde anudando pavos reales y unicornios, flores y rosetones, figuras geométricas, grifos y semillas. Mis manos son tus manos Umi, nosotros damos la vida y los hombres la quitan.
Salat al-maghrib
La ociosidad se paga con sufrimiento. Ya sólo me faltaban dos centímetros para terminar la alfombra que estaba tejiendo, así que decidí dejarlo para el día siguiente y apurarme a cocinar la cena. El abba quería mastawa. Me puse a picar las verduras y puse a calentar el agua para el arroz y los garbanzos. Mientras ésta hervía mi puse a pensar en el americano de la tarde. Había llegado con una mujer, parecían soldados. Seguro venían de la base. Pero, aunque ella respetaba nuestras costumbres y se quedaba atrás de su compañero y no hablaba, era evidente que él le tenía respeto. Cada decisión la confirmaba la chica, posiblemente si le gustaban los colores o mis diseños o si el tamaño de las alfombras era el correcto. “¡Infieles!”, decía el abba. “Se van a podrir en el Infierno. ¡Alá los trajo aquí para que conozcan sus tormentos!” Pero el dinero verde de ellos sí le gustaba. Si ese era el Infierno, prefería ser infiel y estar con ellos, que seguir aguantando este paraíso de golpes y sufrimientos.
Salat al-'isha
Ya se había escondido la lámpara de Aladino y se me habían acabado los deseos. Pero, deseaba terminar la cena a tiempo. “¡Ahaliya! ¡¿La cena?!” Como dije, ya se me habían acabado los deseos. Entonces el abba se levantó de su silla y la tiró al suelo. Estatua de Medusa, temblores del suelo y la serpiente, tira gruesa de cuero. El primer golpe lo sentí como fuego en la mejilla izquierda. El segundo golpe me dolió hasta cuando ya estaba en el suelo. Pasé tirando las verduras picadas y el cuchillo. Entonces el abba aprovechó para patearme con todas sus fuerzas, o al menos así lo sentía. Me dolía todo. ¡Abba no por favor! ¡Perdón! ¡Perdón! Era mi castigo por mis malos pensamientos y entonces decidí salir huyendo. Tomé el cuchillo y cuando el abba me iba a patear de nuevo se lo enterré en la pantorrilla. Goliat adolorido. “¡Infiel! ¡Zorra! ¡Quémenla! ¡Alcáncenla!” Salí corriendo de la habitación y pasé a toda prisa por el taller. Me robé tres alfombras, dos pequeñas y una más grande. Las podía vender y con ese dinero vivir por un tiempo.
A la última hora rezo y tunda. Gracias Umi por mostrarme la luz, por darme piernas para correr y por heredarme tu oficio. Fui tan rápido como pude hacia la base de los americanos. Solo ellos podían protegerme del abba. Empecé a ver el resplandor de sus luces a lo lejos y la bandera ondeando en el centro. Pronto estaría a salvo. Cuando estuve más cerca vi a los soldados con sus rifles y las torres iluminando la calle.
-Stop right there!, -escuché a la distancia.
-You! Don’t move!, -pero no entendía lo que decían. Entonces levanté mis brazos en son de paz, para saludarlos.
-She’s gotta bomb! She’s gotta bomb!
-Pum! Pum!
-Sentí un dolor muy fuerte en el pecho y caí al suelo. Alguien me había pegado, sin darme cuenta
-Be careful! She has a package in her arms!
-La noche se puso fría. Otra vez temblaba, pero esta vez no tenía miedo. Tomé la alfombra grande y la puse sobre mi cuerpo. Le había bordado un jardín del Edén, con un árbol en medio y unicornios y pavos reales a los lados. Pero la noche se seguía enfriando y mi cuerpo se puso a temblar. Mis ojos se nublaban, pero pude ver que los soldados se acercaban lentamente.
-It’s alright! Major it was just a package of rugs! She’s dying sir!
-Por fin habían venido a salvarme, pero tenía mucho sueño. Me quedé viendo los campos de flores de colores en mis otras alfombras. Seguro las comprarían los soldados y con eso me compraría un jiyab de seda nuevo.
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