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La dignidad se pierde en el aeropuerto

    - Es que él lo tiene más pequeño que tu y no me duele tanto cuando estamos en la cama.

    ¡Diablos!, -jajá- ¿qué respondes cuando tu novia te está cortando a medio aeropuerto y te dice eso? ¿Debería de estar orgulloso porque la tengo más grande que el otro? ¿Debería de sentirme triste porque se estaba acostando con otro(s)? Me sentí como la foto de ese tipo que parece que está sonriendo y llorando al mismo tiempo -jajajá-. Cómo hombre, ¿cómo cuentas una historia así? Al final del día, la evaluación positiva que le dio a mi físico aminoró un poco mi malestar inmediato, pero lo cierto es que estaba desecho por dentro. Ella era la segunda mujer con la que pensé que podría tener una familia y aunque desde el principio sabía que esa relación no iba a ningún lado, tenía esta fuerte necesidad de que ella me eligiera. Yo necesitaba que ella me salvara de la desesperación que me invadía por dentro y que me hiciera sentir hombre de nuevo.

    Desde pequeño me daba miedo pensar que la demás gente se burlaría de mi si me veía enamorando a una chica. Probablemente no estaba del todo equivocado. Como buenos primates la gente tiende a meterse en lo que no le compete. Cuando quería decirle a alguien que me gustaba, buscaba hacerlo cuando nadie me miraba y si esa condición no se daba, prefería que la oportunidad pasara. Todavía me pasa un poco.     Tal vez es porque mis hermanos se rieron de mí una vez que dije, mientras dormía, el nombre de una amiga de mi hermana. Puede haber sido la inseguridad ante las constantes críticas de mi madre. Y con “I” fue más o menos lo mismo. Nos conocimos en una convención de tatuajes en Ciudad de Guatemala, en 2011. Me pareció una de las chicas más bonitas del evento y Lisardo, mi amigo, me insistió en que le hablara. Por suerte iba sola. Por suerte la gente estaba enfocada en saltar al ritmo de la banda de rock que iniciaba su acto. Por suerte Lisardo me dejó solo y solo entonces tuve la seguridad para acercarme a ella. No se que le dije, creo que algo sobre que me gustaba cocinar. Le pedí su número de teléfono y me lo dio. Estaba contento con mi conquista y decidí regresar a casa. Pero a medio camino me di cuenta de que había perdido su número y decidí regresar por él. Ese sería uno de los peores errores de mi vida y que la carne puede más que el cerebro.

    Cuando una chica se queda a dormir contigo en la primera cita es porque le gustas. Yo le gusté a “I” y a mi me gustó que ella se quedara conmigo. Tal vez este país no era tan malo después de todo y había mujeres más libres que la norma. Pero cuando nos metimos a la cama y tratamos de hacer lo que toda pareja adulta hace, no pudimos hacerlo o más bien ella no podía. Tengo un sexto sentido para saber cuando algo no está bien y desde el principio supe que la habían abusado. ¿Cómo o por qué? No se, solo lo sabía. No le dije nada. Pero cuando decidimos ir juntos a pasar un fin de semana a la playa ocurrió lo mismo y allí cometí el primer error de nuestra relación: le pregunté que le había pasado, sabiendo de antemano la respuesta.

    - ¡Mi padrastro me abusó cuando era una niña!, - y se puso a llorar.

    La abracé y le dije que no importaba. Que yo la quería. Me gustaba y me sentía bien con ella. Así que pensé que con aquella confesión íbamos a estar más unidos. No soy un soñador romántico, tenía miedo a perderla. Entonces comenzamos a pasar más tiempo juntos, viajamos a Petén, a La Antigua Guatemala, íbamos al teatro, al cine, cocinábamos juntos. Ella salía a las cuatro de la tarde de su trabajo, pero siempre llegaba tipo cinco y media o seis a la casa. Conocí a sus papás, que estaban divorciados. Y conocí a su padrastro, el papá de sus medios hermanos. El tipo era algo así como un camionero, creo, y se llevaba bien con su mamá. Pero yo lo odiaba a muerte y cada vez que la llegaba a ver a su casa y él estaba allí yo quería matarlo. Alguna vez llamé a alguien para que lo golpeara, pero me retracté porque pensé que solo iba a causarle dolor a su mamá y a sus hermanos y no iba a resolver nuestros problemas de alcoba. Allí dejé la tentativa, pero el odio siguió conmigo.

    Mientras tanto, ella seguía llegando a las cinco y treinta a su casa y para mi era muy cansado cruzar toda la ciudad a esa hora para verla. Así que a mediados del 2012 le dije que nos fuéramos a vivir juntos. Que igual era mejor para ella salirse de la casa de sus papás y vivir sola, alejada de su padrastro. Ella aceptó y poco a poco yo fui pasando más tiempo con ella. Yo me sentía contento. Sentía que por primera vez en mi vida una de mis relaciones iba en la dirección correcta. El apartamentito al que nos fuimos a vivir era pequeño. Un cuadrado de cemento, con un baño pequeño que pintamos de amarillo fluorescente, una cocinita con hornillas eléctricas y un patio diminuto, también de cemento, con una pila y en donde ella tenía su lavadora. Dado que yo ya vivía solo, se me facilitó pasar la mayor parte de mi tiempo con ella. Cenábamos juntos. Platicábamos de nuestro día. Yo lavaba los platos y ella ordenaba nuestra casa-habitación. Me despertaba con el calor de su cuerpo entre mis brazos y todos estábamos bien: los tres de nosotros. Ya desde hacía tiempo, desde las cuatro a las cinco y media, ella estaba con otro.

    En octubre del 2010 toqué fondo. En enero de ese año había tenido que regresarme de Nueva York a Guatemala. Se había caducado mi visa de estudiante. Los gringos me habían regresado forzadamente al Purgatorio. Yo estaba solo en un mundo que ya no aceptaba, sin poder regresar a los Estados Unidos. Trabajaba quince horas al día para no pensar en nada. En octubre perdí mi trabajo porque a pesar de las largas horas de desvelo, mis investigaciones y análisis no eran buenos. Mis párpados se sentían pesados, como si estuvieran levantando mucho peso, pero no podía dormir. Ya no sentía nada, ni odio, ni tristeza, ni felicidad. Mi alma estaba entumecida. Me jalaba los pelos sobre la almohada y a veces me la ponía en la boca para gritar, pero solo la oscuridad me escuchaba. Pensé en suicidarme, pero tenía veintisiete años y imaginé que podía intentar conseguir mis sueños de nuevo. Así comenzó mi lento camino de ocho años de terapia con dos psicólogos que me ayudaron a salir del hoyo y quitarme el barro que tenía encima.

“I” fue mi primer rebote desde que regresé de Guatemala. Me parecía bonita, con unos cachetes gordos, ojos color marrón claro, una nariz fina y puntiaguda y una boquita trompuda que la daban un aire a muñeca de porcelana. Pero a la vez era libre y aventurera y a mi siempre me ha gustado esa combinación de lo malo con bueno. Dulce con saldo. Las puedo oler a cien metros de distancia. Las reconozco sin siquiera haberles hablado. Tal vez es el desodorante que usan o tal vez es esa picardía que aflora desde sus pupilas. Mala combinación, Dios las hice con dos medidas de maldad por cada medida de bonitas. Por eso le perdoné tantas cosas, aunque al inicio sí me ayudó a recuperar la confianza en mi mismo y que me sirvió para intentar estudiar el doctorado que tanto había querido, a finales de 2012. Le dije que estaríamos separados poco tiempo y que yo quería casarme con ella. Le aseguré que después de un año a estaríamos juntos y que yo me comprometía a que nos veríamos a mitad de año para no estar tanto tiempo desde lejos. Imagino que ella aceptó.

Los primeros meses de una relación a distancia son los que más asustan, porque uno imagina la impotencia de no poder comunicarse con el ser querido en dado caso las cosas no funcionen de lejos. Yo llegué a inicios de enero del 2013 a Buenos Aires y para finales de febrero nuestra comunicación había caído en picada. La llamaba y ella no me contestaba. A veces la llamaba insistentemente los fines de semana por la tarde y ella no me respondía. Yo sufría. Sabía que estaba en el lugar correcto, pero me sentía impotente con respecto a ella. Salí con una chica argentina por un par de semanas, pero la cosa no funcionó. Era un poco aburrida o yo tenía la cabeza en otro lado. La ansiedad me destruyó el estómago durante esos meses, pero por fin llegó el mes de abril. Eran vacaciones de Semana Santa en Guatemala e “I” fue a verme. Al principio estaba fría y distante y yo no solo tengo nariz para identificar a chicas malas, sino también para saber cuando me están haciendo trastadas. Después de una semana de estar juntos la emborraché, porque sabía que estaba saliendo con alguien, pero quería que me lo dijera. Le insistí hasta el cansancio que me dijera que le pasaba. “Es que estoy saliendo con otro”, -me dijo-. Era un compañero del trabajo y había estado saliendo con él desde que estábamos juntos en Guatemala. Por ello llegaba siempre una hora y media tarde a la casa. “Si una mujer te quiere quemar el rancho lo puede hacer a cualquier hora”, -me educó cuando me confesó su infidelidad.

Tuvimos que aguantarnos una semana más. Aunque espiando su Facebook algunos años después de haber terminado descubrí que ella se preguntó si valía la pena quedarse o no conmigo en Argentina: no. Pero al menos los pensó. Consuelo de tontos. A pesar de nuestro enojo, la mayoría de los días en Bariloche fueron perfectos. Nos reímos un poco a la orilla de una cascada. Fuimos de día de campo a uno de esos lagos de aguas cristalinas que hoy uno solo ve en las fotografías arregladas de Instagram. Llegó el día de su partida. Yo me quedaba a terminar mis cursos en Buenos Aires y ella se regresaba a Guatemala. Tenía prisa por huir de mi. “¿Ya no vamos a seguir juntos?”, -le pregunté-. ¡Daaa!: Obvio no, jajá, ¡¿qué pensaba?!. Allí dejé mi dignidad. Me vio con cara de disgusto y me dijo que no. De esto aprendí que de los errores no siempre se aprende. Esa fue la antepenúltima vez que volví a seguir una causa perdida. Me quedaban dos más. Pero al estar solo los siguientes tres meses, en un país desconocido, aprendí que no necesitaba de nadie para salir de mis penas. A los tres meses se me pasó la ansiedad por estar con ella, salí con otras chicas de nuevo, aunque todavía habían de pasar algunos años hasta que aprendiera que a diferencia de otras cosas que uno quiere mucho en la vida, el amor no tiene por qué complicarse. 

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